miércoles, octubre 12, 2005

Crònica de una masacre anunciada

Como era de esperarse iba a tener material de sobra una vez inmersa en la city porteña tras mi huida a Còrdoba. Sobretodo viajando con un grupo aficionado a la fotografía.
Luckily hubo cosas buenas en mayor proporción a las malas/patéticas/desagardables/avergonzantes (pero por supuesto tambièn estuvieron presentes). En un momento nos preguntábamos qué hacíamos ahí con esa gente, pero con el correr de las horas casi todo se fue amansando.

De más está decir que el paisaje es subliminal. Un sueño, really. La Cumbrecita es una ciudad peatonal , so no cars, no pollution. Divina. El clima estuvo bárbaro. Las cabañas eran perfectas, con un living rodeado de ventanales que dan al bosque, rodeada de un balcón y un pequeño hall al aire libre en donde se podía fumanchear y tomar mate viendo el atardecer a traves de los árboles. La pasamos espectacular. Un descanso (que lo que menos tuvo fue descanso) esperado, añorado, perfecto. Me siguen doliendo las piernas por esa escalada de 6 horas, pero lo valió. Llegamos a una cascada escondida (hincapié en lo de escondida) hermosa. Después, una vez en Villa General Belgrano, concurrimos a la fiesta de la cerveza. Emoción total, montones de comunidades desfilando por las calles, viejitos tiernos (bien alemanes, irlandeses, escoseses) clavándose litros de cerveza, bandas tocando la gaita. Increible e inigualable. Me encantó.

Claro que siempre está ESE gil, sí...ese que quiere llamar la atención a toda hora. Un señor, entrado en años, sabelotodo (para quién? no sé), experimentado, cómico (?), siempre con la palabra justa en el momento ideal, el alma que anima la fiesta, al que se le ocurrió, para nuestro deleite, llevar consigo un pato de juguete que lleva incorporado el sonido real de un pato (léase Cuac-Cuac) y hacerlo sonar a las 7 de la mañana por ejemplo o a la tarde, o a la noche, o a la madrugada, anytime. Señor medio psycho que nos sacaba fotos sin permiso pese a nuestra cara de toor y de total indignación, que se metía en conversaciones ajenas, que hacía chistes estúpidos de los cuales no nos hemos reido ni una sóla vez y sin embargo, se empecinaba en seguir recitando a lo Landriscina.
Pero no estaba sólo en la patetitud, compartía cabaña (junto a otros...pobres cómo los compadezco!) con Luisa, una mujer que todos le dábamos no más de 28 años y en el asado, con unas cuantas copillas de más confesó su D.N.I, que luego de algunas deducciones llegamos a la conclusión de que tenía 39/40 años. Nadie lo podía creer. El asunto es que esta mujer, a la que con orgullo bautizamos Luisa No Kulliok, era intolerable. Siempre con un queja, siempre con ese timbre de voz insoportable, siempre estorbando con su miedo, siempre con sus comentarios colgadísimos, siempre con esa risa maquiavélica, siempre colgándose de las mochilas o de los respaldos de los micros, siempre queriendo ir al baño, siempre tardando media hora con cada foto, siempre morfándose lo que se le cruzaba por su camino, siempre caminando lento, siempre existiendo.

Igualmente, debo confesar que de 16 personas que eramos, sólo 2 de ellas merecen la lista negra. Es increible. Nunca pensé que iba a decir/escribir esto.
Los que organizaron el viaje, Diego y Haydée, fueron muy atentos y cordiales (en la medida justa), nunca les molestó que hiciéramos la nuestra y que a veces (lo admito) nos cortáramos demasiado. La única parejita que viajó estuvo espléndida, ya nos imaginábamos un baboseo asqueroso todo el día, miel por acá, miel por allá, más edulcorante por acá, más edulcorante por allá...pero no, uno más simpático que el otro. Hubo un par de personas que no pincharon ni cortaron, que ya es mucho decir. Estaba Adrián que es de esos hombres que a uno le gustaría tener como padre, y nos contó los viajes que hizo por el país junto a su hijitas. Pero hubo 2 mujeres que se merecen nuestra reverencia. Erna y Myriam. Erna se reía de todos nuestros chistes, aportaba datos utiles, decía lo justo y necesario y notábamos cierta ironía y cierto sarcasmo en sus palabras y eso nos terminó de comprar. Era la única del resto que pertenecía al grupo de los No-Sanos junto a nosotras cuatro, de ahí que se haya ganado el apodo de "fumanchu". Una fenómena. Y Myriam fue nuestra compañerita de cabaña. Una divina total, es de esas personas que al hablar transimiten paz. El último día nos levantó con tostadas y café, durante la convivencia se bancó el humo, la música, las carcajadas. Vimos juntas "La muerte le sienta bien", y cuando nos dirigimos a la cabaña norte por el asado ya era una morsa más entre nosotras, estábamos las 5 sentadas esperando el asadín sin haber ayudado mucho (niente), no por nada nuestra cabaña era la cabaña de las vagas, incluida Myriam.

No puedo creer que hace un rato estaba allá, y ahora estoy de vuelta acá. Por suerte disfruté de todo y la pasé realmente muy bien.

1 comentario:

Psicodélica star dijo...

Qué bueno que volví? Puede ser...aunque te juro hubiese perdido el micro de vuelta a propósito.

Me caga pensar en los demás, creo que eso me retiene de hacer muchas cosas de las que ansiosa quiero hacer (irme a vivir sola, for instance...sino fuera por mi vieja...)

Quiero irme para no volver...